jueves, 4 de abril de 2013

Con ojos de otro


Hoy me he despertado con ojos de otro. Mirar la casa con ojos de otro, cuando además ese otro no tiene piedad, es lo más parecido a un castigo divino.

Han ido apareciendo de golpe mil desperfectos. Todos los detalles feos destacaban como nunca:  lo sobada que está la tapicería de ese sofá, la telaraña que cuelga cerca del tubo de la chimenea, el descosido de la esquina de un cojín, el deshilachado de una alfombra, la maraña de cartas del banco y papeles que se han ido acumulando al lado del teléfono, ¡el teléfono! Era blanco, pero hoy tiene una especie de velo grisáceo. Una mosca muerta al lado de la ventana, el cerco oscuro que bordea un  interruptor, las hojas pochas de la planta del ricón.  ¡Nada de eso estaba ayer! Lo juro.

Al entrar al baño he visto el polvo posado en esos frasquitos de lociones y perfumes que uso poco, lo gastados que están los cepillos de dientes,  ¡el cepillo del pelo!  Pero ¡¿Cómo puede estar así el cepillo del pelo?!

La nevera: afortunadamente, hoy sólo la vi desordenada y encontré alguna reliquia que tiré a la basura con un estilo muy propio de la NBA, pero las neveras pueden llegar a ser auténticos espacios de experimentación biológica. Todo un mundo aparte el de las neveras.

























Siguiendo con ojos de otro, fui a poner la lavadora. Casi me da algo.  ¡El cajetín de la lavadora! El apartado del suavizante estaba lleno de suavizante medio sólido. ¿Por qué? ¿Por qué me hace esto? Creo que me tiene manía. Así que me armo de valor para quitarlo y limpiarlo, pero entonces caigo en la cuenta de que quien me tiene manía es el fabricante de lavadoras.  No hay forma de sacar el cajetín.

Tiro. Tiro suave. Tiro fuerte. Tiro inclinándolo hacia arriba, hacia abajo… Respiro. Vuelvo a tirar. Vuelvo a respirar, pero esta vez resoplo. Tiro de nuevo del cajetín. Suelto insultos y burradas mientras lo agarro con las dos manos como si fuera a estrangularlo.  Respiro y pienso en el Tai Chi. Saca el zen, me digo. Tiro…  Me doy un paseo. Vuelvo más relajada, así que pongo la lavadora y ¡que le den al cajetín y al suavizante y a ….!  Pienso en quien lo ha diseñado. Ese no ha puesto una lavadora nunca y lo que es peor, ¡no piensa poner una jamás en su vida!

Decido salir al sol, sentarme y contemplar el cielo. Es lo único que, esté como esté, no es asunto mío. Si miro al suelo, veo que no he barrido el jardín, que no he quitado las malas hierbas, que no he trasplantado esa pobre adelfa… en fin, que me siento y decido mirar al cielo a pesar de mis cervicales.

¿Igual el de la lavadora está vengándose de una madre maniática?... ¡No pienses!…  Mira qué limpio está hoy el cielo. Ni una nube.




2 comentarios:

  1. Precioso, Susana. Cuanto te entiendo...

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  2. En casa no se termina nunca, decían las madres... besos, Susana.

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